Sobre belleza y estética (y otros conceptos filosóficos) en la Grecia Clásica

De las primeras cosas que se aprende cuando intentas dibujar el cuerpo humano, es el canon de belleza griego. Te quedas con la idea de proporción, de que a través de una correcta proporción se consigue la belleza. Y es entonces cuando ves una ilustración de moda, con las piernas alargadas hasta el infinito, delgadas y un poco cabezonas y piensas con indignación: “¿Qué narices…? ¡Esto no cumple las medidas!”

Estudio de las proporciones del Doríforo de Policleto

Estudio de las proporciones del Doríforo de Policleto

Esas ocho cabezas. El número áureo. Los pitagóricos. Y, sobre todo, Policleto. A él le debemos el canon griego. En su tratado El Kanon, que se ha perdido, establece las normas por las que, básicamente, se rigió el Arte durante muchos siglos. La clave estaba en la simetría, en que cada parte fuese proporcionada con el todo y entre ellas.

Cierto es que los egipcios seguían también unas medidas, pero, ¿a quién copiarías? ¿A una escultura egipcia con exceso de kohl o a una griega, con la increíble técnica de los paños mojados? Pues eso. Los romanos, que puede que fuesen un poco copiotas, pero no tontos, decidieron seguir con el rollo griego en sus esculturas.

A la izda. escultura egipcia.  A la dcha. escultura griega

A la izda. escultura egipcia. A la dcha. escultura griega

 Lo que llama la atención de El Kanon es que en él no se fijan unidades. “(…)las relaciones entre las partes se determinan según el movimiento del cuerpo, el cambio de perspectiva y las propias adaptaciones de la figura a la posición del espectador”, nos explica Umberto Ecco en su libro Historia de la Belleza. Tanto calcular las cabezas, la proporción perfecta y todo el rollo, ¿por qué? Pues porque a los griegos lo que les interesaba de verdad de la buena era la belleza no solo exterior, sino interior. Es decir, (atentos a la palabra) la kalokagathía. Y esto, ¿qué es? Es un ideal de belleza que se logra a través la integración de lo bueno con lo bello. A esto hay que sumarle la eurythmia, conseguida, según nos explica por Götz Pochat en su libro Historia de la estética y la Teoría del arte a través de “(…) los factores objetivos y relativos tienen que cooperar para lograr la armonía que se supone en la vivencia estética del espectador y en sus valoraciones.

Filosofía y arte van de la mano, con el mismo fin: la belleza. Así tenemos a los pitagóricos, a Sócrates, a Platón, a Aristóteles y a todos los filósofos griegos que queráis intentando explicar que es la belleza. Mientras Sócrates valora más el interior, Platón la sitúa en el  mundo de las Ideas y de las formas geométricas abstractas.

Kore con peplos. Hacia el 530 a.C.

Kore con peplos. Hacia el 530 a.C.

Ya desde la Grecia Arcaica a través de las esculturas, los artistas buscan la proporción y la belleza desde la razón. Los kouroi, figuras masculinas con varios posibles usos, como ofrendas a los dioses, son esculpidos siguiendo una imagen idealizada de juventud atemporal y perfecta. Un efebo de perfección física y belleza efímera que el artista ha sabido captar antes de que se marchitase. Mientras, su versión femenina, las korai, en su búsqueda de la belleza femenina, son representadas con un atuendo digno, pues es lo que te proporciona la belleza. No tiene mucho sentido, lo sé, pero estamos hablando de una cultura que valora la dignidad y a sus dioses.

A lo largo de los siglos la representación de la belleza en el arte griego irá variando, desde   el éthos, o carácter moral, de la Época clásica, hasta el pathos, o padecimiento interno, de la Época helenística.

Una de las diferencias a tener en cuenta con las esculturas egipcias es la religión. ¿Religión?, diréis. Si, si: religión. Los dioses griegos, a diferencia de los egipcios, han sido humanizados. Esto lo podemos ver, sin ir más lejos, en sus templos, que son concebidos como el hogar de la divinidad y tienen proporciones humanas. Y al haber sido humanizado, la belleza terrenal busca ser un poco divina. Por eso se representa a los kouroi y a las korai es su máximo apogeo de belleza. Después de eso, solo viene la cuesta abajo, pero eso no es lo que interesa a una civilización dedicada durante más de cinco siglos (comenzando en la Época Arcaica) a analizar la belleza desde todos los ángulos posibles.

Cuenta Plinio el Viejo, en plan leyenda urbana, que un tal Zeuxis recibió el encargo de pintar un retrato de la diosa Hera. Ante la importancia de la retratada, Zeuxis decidió llamar a las cinco vírgenes (esto es muy importante, si no eran vírgenes, no le servían) más bellas de la ciudad. Cada una de ellas destacaba por algo: su cabello, su busto, sus piernas… y Zeuxis pintó esas cinco partes para así pintar a la diosa. El precedente del doctor Frankenstein. Con esta anécdota queda claro hasta que punto se llegaba en la búsqueda de la belleza perfecta en Grecia.

 Götz Pochat nos habla también de Jenofonte, que describe en su libro Symposion la belleza de un joven llamado Autólico como “una luz que resplandece en la noche.” Pochat lo define como una belleza que despierta deseo. El alma es arrebatada por el poder de lo bello de la misma manera que el amor. Ante la belleza, todos callan.

A lo largo de la Historia el concepto de belleza variará. Así mismo, no es lo mismo la belleza entendida en Europa, que la belleza en Japón. En cada lugar, en un cierto momento histórico, la belleza es analizada y, por lo tanto, entendida de forma diferente. No es lo mismo un cuadro de una Virgen en el Gótico, que una Virgen del Barroco. Pero eso lo iremos viendo poco a poco.

Fuente imágenes:

The greek Thesaurus

Historia de la estética y Teoría del arte

Llapan Arte

IES Otero Pedrayo de Ourense

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