La revolución de la Moda (II): Liberté, Égalité, Fraternité

La semana pasada os hablamos en La revolución de la Moda de la capa, prenda usada en el Motín de Esquilache como vehículo para la revolución madrileña de 1766. Hoy, en cambio, hablaremos de la vestimenta como parte de la revolución, en este caso, de la Revolución Francesa, usada como elemento político.

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¿Cuándo?

1789-1799

¿Dónde?

Francia

Anteriormente, dentro de la Revolución Francesa, hablamos de dos grupos diametralmente opuestos, por un lado Los Increíbles y Las Maravillosas, grupo que apoyaba al Antiguo Régimen vistiendo con ropa que se podría considerar como una caricatura de la moda inglesa, y por otro lado los Sans-Culottes, del denominado Tercer Estado, renegando de la moda cortesana y adoptando el traje de la plebe, los pantalones largos.

Pero, ¿qué ocurría con el resto de la población? Aquellos que ni eran Increíbles, ni Maravillosas y no por llevar calzones se identificaban inmediatamente con los Sans-Culottes. Aquellos que, básicamente, no buscaban destacar, no atraer la mirada sobre ellos mismos, para evitarse problemas.

En Breve Historia del traje y la moda, James Laver nos revela lo siguiente: “Como en todos los grandes trastornos sociales, la Revolución tuvo una gran repercusión en la indumentaria tanto masculina como femenina. El vestido del Antiguo Régimen fue totalmente abolido. De repente ya no hubo más abrigos bordados ni vestidos brocados, ni más pelucas ni pelos empolvados, ni tocados elaborados, ni más talons rouges.” Esta última parte se refiere a los famosos tacones rojos, de uso exclusivo real.

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La Revolución rompió con el pasado político, lo cual se reflejó en la sociedad y, de esta forma, en sus vestimentas. Una de las primeras cosas que prohibió la Asamblea Nacional fue la diferenciación de las clases a través de la ropa. Hubo mujeres que adoptaron el traje de los Sans-Culottes, instando a otras mujeres a hacer lo mismo.

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Todo aquel que vistiese con algo que recordase a la decapitada monarquía, especialmente durante El Terror, podía correr la misma suerte que Maria Antonieta. En cierto modo, el lujo se perdió. Adiós a las plumas, a los encajes, a las telas ricas, a las pelucas. Adiós a todo.

Robespierre

Robespierre

Es entonces cuando nace la idea del “traje nacional”, impulsada por Robespierre con la ayuda del pintor convertido en diseñador de moda, Jacques-Louis David. Este último ya gozaba de fama en Francia, tras haber sido galardonado en 1774 por el prestigioso Premio de Roma, premio consistente en una beca para estudiar Arte en la Academia Francesa en Roma. Los tres años que pasó en la ciudad italiana contribuyeron a su admiración por el Clasicismo Romano, lo cual se vería reflejado, ya no sólo en sus pinturas, sino en sus creaciones en la ropa.

Jacques-Louis David

Jacques-Louis David

El pintor, seguidor de Robespierre por sus ideas jacobinas, presentó una colección inspirada en la Roma Republicana. No Imperial, sino Republicana. Las prendas pasaban por unos pantalones ajustados, una túnica que recordaba a las togas romanas, un sombrero emplumado y una capa azul para los fríos días invernales. Todo un auténtico revivir de la moda clásica.

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Max Von Boehn en su trabajo La Moda, indica que los intentos que David se quedaron en eso, intentos: “(…) todas las proposiciones que en este sentido hizo el apasionado David no pasaron de tentativas. Es verdad que en las fiestas públicas por él organizadas pudo vestir y coronar, como en lo antiguo, los coros de ancianos, hombres, mujeres, jóvenes, niños y muchachas. (…) no pudo convencer a los hombres para que anduvieran con la túnica, el cuello desabrigado y los brazos y las piernas desnudos.

En las mujeres, el recuerdo a Roma se impuso, pero no gracias a los esfuerzos de David, sino a la influencia inglesa, vista en aquel entonces como el lugar de las libertades. Las mujeres francesas simplemente imitaron la moda inglesa, cuya nobleza pasaba más tiempo en el campo cazando, que en la corte, adulando al rey, a diferencia de Francia antes de la caída de la Monarquía.

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La caía en desgracia de Robespierre no impidió que el pintor Jacques-Louis David presentara otra propuesta de vestuario, en este caso, para los oficiales miembros del Directorio. En este caso, en vez de mirar a Roma, David prefirió ignorar a los Sans-Culottes y sus pantalones. Optó por mirar al Antiguo Régimen, recuperando medias, pantalones cortos y el aristocrático sombrero emplumado. Y para rematar este estilismo, una espada romana. Porque a Jacques-Louis David Roma le inspiraba mucho la Antigüedad.

Caricatura de Gillray sobre el traje propuesto por David

Caricatura de Gillray sobre el traje propuesto por David

Es entonces cuando se produce la entrada en escena de Los Increíbles y Maravillosas, deseosos de recuperar lo Antiguo, por considerarlo como algo bueno. No debemos olvidar que en Francia se había impuesto El Terror, y tras la caída de Robespierre y el periodo del Directorio, la gente podía salir más tranquila a la calle.

Retrato de Paul Barras por Hilaire Ledru

Retrato de Paul Barras por Hilaire Ledru

En 1797, en plena búsqueda del traje nacional perfecto, se impone el uso de los colores de la bandera francesa: rojo, blanco y azul. Hasta tal punto llegó esta nueva moda, que se impuso a los subdirectores vestir con un abrigo azul, un cinturón tricolor, un abrigo rojo y un sombrero de terciopelo con la pluma tricolor, como nos señala James Maxwell Anderson en La vida diaria durante la Revolución Francesa.

La llegada al poder de Napoleón no hizo más que reforzar la imagen del clasicismo romano, descartando el nacionalismo de la Revolución. Los colores de la bandera francesa se abandonan, en favor de una buscada falsa naturalidad. Porque los cortes de los vestidos eran sencillos, pero se recuperó, en cierto modo, la riqueza del Antiguo Régimen, como podemos observar con la Emperatriz Josefina.

Fuente Imágenes
Bibliothèque Nationale
Wikimedia
Austrian National Library

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  1. Pingback: La revolución de la Moda (III): El sujetador | triángulo magazine

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