Isabella d’Este, la coleccionista del Renacimiento

Después de un tiempo sin publicar nada, en Triángulo Magazine queríamos volver a lo grande, con alguien que representase el espíritu de Triángulo y nos inspirase bien por su forma de ser, por su estilo o por lo que aportó. Y una de las personas más adecuadas para este regreso es Isabella d’Este, Marquesa de Mantua y una de las mujeres más poderosas del Renacimiento. Las más de 20.000 copias de las cartas que escribió entre 1490 y 1539a personajes de todo tipo como Leonardo da Vinci o el emperador Maximiliano, así como las 60.000 recibidas nos han ayudado a conocer en más detalle a este personaje, reivindicado ya desde la primera oleada historiográfica feminista. ¿Qué tenía d’Este que la hacia tan especial, que la hizo destacar ya en el siglo XVI? ¿Por qué ella y no otras? Isabella amaba el arte y fue una gran patrona en su siglo, llegando a tener una de las colecciones más amplias de toda Europa.

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No podemos obviar la importancia que tuvo la educación en el caso de la futura Marquesa de Mantua. Su padre creía en la igualdad de todos su hijos, por lo que recibió la misma educación que sus hermanos. A los dieciséis años hablaba latín y griego y podía mantener conversaciones con nobles del momento. Para hacernos una idea del intelecto de Isabella, nos podemos remitir a la anécdota que dice que tras tres años ausente de su hogar por estar en la guerra, cuando el marido de Isabella volvió al hogar y comprobó lo bien que esta había llevado la casa, no pudo evitar ponerse celoso.

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Vale, pero aparte de eso, ¿qué tenía de especial que Isabella supiese hablar latín y que coleccionase cosas?, diréis. Al fin y al cabo cualquiera persona puede ser coleccionista. Ya, pero recordad que estamos hablando del Renacimiento, momento del que se ha llegado a decir que la mujer perdió poder frente a la Edad Media. Para hacernos una idea del papel de la mujer en el mundo del coleccionismo renacentista podemos leer a Leon Rafael Alberti, que lo explica en su obra De la familia, recogidas por Antonio Urquízar Herrera en Arte y Poder en la Edad Moderna:

Cuando mi mujer había visto y entendido el lugar de todas las cosas dentro de la casa, yo le dije a ella: ‘mi querida esposa, estas cosas han de ser tan útiles y preciosas para ti como lo son para mí. Su pérdida sería una mancha para ti, por lo tanto debes guardarlas con tanto celo como yo hago. Ya has visto nuestros tesoros, y gracias a Dios son tantos que debemos de estar contentos con ellos. Si sabemos preservarlos, estos objetos nos servirán a nosotros y a nuestros hijos. Está en tu mano, querida esposa, cuidarlos como yo hago. Esta propiedad, esta familia, y los hijos que nacerán pertenecen a los dos, a ti tanto como a mí, a mí tanto como a ti’.

Es decir, la mujer, por permanecer en el hogar, era la encargada de conservar, mientras que el hombre era el que buscaba y compraba los objetos para la colección. No es de extrañar que la Marquesa de Mantua llamase la atención incluso a sus contemporáneos, pues no era normal en aquel momento que una mujer fuese coleccionista.

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Antonio Urquízar analiza el motivo por el cual Isabella se lanzó con tanta pasión al coleccionismo. ¿Fue una cuestión de puro amor al arte? ¿O fue para reforzar la posición política de su familia a través de su posición social? Hay que tener en cuenta que es entonces cuando comienza a ponerse de moda el coleccionar. Cuanto mejor fuese la colección, más prestigio se adquiría, como nos cuenta Beatriz Garrido Ramos en la Revista Historias del Orbis Terrarum:

Tan pronto como fue descubriendo que el arte era un instrumento al servicio del poder, un símbolo de estatus y una manera de reconocimiento social, fue evolucionando en sus actitudes hasta convertirse en auténtica promotora del arte, hasta el punto de llegar a rivalizar con su cónyuge, y encontrar en el arte la vía de expresión de su propia experiencia, manifestada de numerosas formas, desde la creación de un estilo o iconografía que definiera su propio estatus o aspiraciones, al goce estético del arte, la satisfacción de la adquisición y el placer de asociarse con artistas; y más tarde, marchantes y otros coleccionistas.

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Podríamos haber hablado del estilo de Isabella, alabado incluso por la gente de su época, de su elegancia, de su saber estar o de su belleza, pero nos parece mucho más interesante lo revolucionario de su actividad y conocimiento en una época en la que la mujer debía quedarse en casa y permanecer casi en el analfabetismo.

Fuente imágenes:
NGA
Wikimedia
Brooklyn Museum

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