El coste real de la moda.

Si nos paramos a pensar lo que nos costaba una camiseta cuando éramos niños a lo que nos cuesta ahora, por el mismo precio por el que comprábamos una allá por los 90 en cualquier marca asequible, ahora mismo podríamos adquirir entre dos y tres. Pero, ¿cómo ha evolucionado hasta reducir hasta la mitad o incluso menos su precio? Ya sabemos que la tecnología avanza a pasos agigantados, pero éste no es el principal factor de este cambio.

Si os da por fijaros en las etiquetas de la ropa que tenéis y luego cogéis la ropa que vuestra familia guarda de otros tiempos, podréis fijaros que hay un mayor número de etiquetas en las que pone que están hechas en España o Europa, mientras que en las actuales predomina una producción asiática. Y os preguntaréis, ¿cómo ha pasado esto? Es fácil.

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Gracias a la deslocalización industrial, a las empresas de ropa les sale mucho más barato fabricar sus productos en países donde el gasto que supone pagar a los trabajadores es mínimo. En India, por ejemplo, la paga media de estos empleados es de alrededor de unos 38 euros mensuales,  un salario mínimo que está entre los más bajos del mundo. Esto permite a las marcas bajar los precios  hasta niveles que, de tener que cargar con los costes de los salarios, los impuestos y las condiciones de seguridad laboral del primer mundo, no resultarían “competitivos”.

A esto se le suman otros dos factores igualmente importantes.  Por un lado, aunque los salarios que las empresas pagan en los países en vías de desarrollo sean  muy bajos, suelen ser mayores que la media. Y en países donde existe un  desempleo  endémico, siempre habrá personas dispuestas a trabajar. Por otro lado, los consumidores occidentales demandan ropa barata, y son muy pocos los que en estos tiempos de crisis, pueden permitirse el  pagar más o a mirar la etiqueta de una prenda antes de comprarla.

El problema de fondo es asumir que el único modo de que haya ropa barata es que ésta se produzca en condiciones indignas. En un principio bastaría con no comprar ropa proveniente de países donde sabemos que las condiciones de trabajo son inhumanas, más propias del siglo XIX que del XXI. Pero por el momento, la única alternativa parece ser comprar ropa más cara, y eso no resulta sencillo para tantas familias a las que les cuesta un mundo no ya llegar a fin de mes, sino llegar incluso a la semana siguiente.

 Una respuesta a este problema es ser conscientes de que el consumidor tiene voz además de dinero. En un mundo tan conectado y expuesto como el actual, las empresas cuidan al máximo su imagen y el daño producido por una campaña negativa puede ser muy importante. Como explica Ellen Ruppel Shell, autora del libro Cheap: The High Cost of Discount, “la forma más fácil que tienen las empresas de ropa de minimizar sus costos de producción es reducir los costes laborales, pero si los consumidores protestan y exigen con la fuerza suficiente, las empresas acabarán pagando mejores salarios y mejorando las condiciones de trabajo. Cuando una empresa realiza mejoras en sus condiciones laborales y/o salariales, el coste real en el producto final es de apenas unos centavos, no es algo que pueda preocupar a los consumidores. Lo único que hace falta es que las compañías renuncien a parte de sus enormes ganancias y se aseguren de que están haciendo las cosas bien”.

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Desde hace dos años, tras el accidente en Rana Plaza, se han generado varios movimientos para promover una mayor transparencia en las empresas textiles y conocer su origen. Uno de los movimientos internacionales que ha surgido es el  Fashion Revolution . Este día es una llamada a la Acción positiva, pacífica pero exigente y coherente con unos valores de honestidad, transparencia, sostenibilidad, respeto a las personas y a los recursos naturales que se ven afectados por la producción de la industria textil. Además exige claridad en el etiquetado de las prendas, honestidad en el origen real de las mismas y de las condiciones de trabajo bajo las que fueron fabricadas por no olvidar las auditorías independientes del impacto medioambiental en los recursos naturales de agua (dulce y salada), especialmente castigados por esta industria.

En España también hay varias organizaciones que apoyan esta propuesta y promueven una producción ética y sostenible, como es  Slow Fashion Spain, la campaña Ropa Limpia y  el sindicato internacional europeo IndustriALL .

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Según IndustriALL, el coste laboral de una camiseta fabricada en Bangladesh que se vende a 20 euros es de 1,5 céntimos. El hecho de asegurar un trabajo digno a las personas trabajadoras no tiene por qué repercutir en el bolsillo de las personas consumidoras. Por poner un ejemplo, en una camiseta de Primark, supondría menos de 25 céntimos de más. Por lo que, con una  producción digna incluso en las marcas internacionales, podríamos evitar este problema.

Y aunque creamos lo fácil que es fabricar una camiseta, en su proceso de producción se producen los mismo que en cualquier otra prenda: Una sucesión de operaciones de estudio de mercado, diseño, planificación, ejecución, comercialización y evaluación del proceso.

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Cinco niveles constituyen un esquema usual del proceso productivo de la confección de prendas, desde el diseño hasta la distribución del producto.

Diseño:  Hoja de Diseño, Moldes,  especificaciones de costura, lista de materiales, hoja de presupuesto, diagrama de operaciones.

Producción: Antes de realizar la prenda final, antes se realiza un primer prototipo, una o varias muestras realizando los cambios pertinentes, una prenda de muestrario (en caso de que su venta no sea directamente a tienda) y la prenda de producción. En los niveles uno, dos, cuatro y cinco (Diagrama 2), no se requiere un uso tan intensivo de mano de obra, no así en el tercer nivel que se utiliza de manera intensiva; es decir, no existe una fragmentación del proceso como tal, sino al contrario una concentración.  La empresa que diseña es la que controla el inicio y final de la cadena productiva, tiene los derechos de la idea de la prenda, diseño y corte del modelo para que, posteriormente, sea armado por otras empresas. Al finalizar el ensamblado de la prenda, ésta retorna a la empresa subcontratista para que sea distribuida en los diferentes canales, donde ya se encuentran una serie de agentes que se encargan de la venta del producto, finalmente llega al consumidor, después de haber sido objeto de un vaivén dentro de todo el proceso productivo de la confección de la prenda

Comercialización: Es la función coordinadora entre el producto y/o servicio y el consumidor final, cuidando las necesidades y requerimientos específicos que este demanda.

Por otro lado, en la industria de la confección los segmentos donde se genera un mayor valor agregado es en el diseño de la prenda, así como en la distribución y la comercialización.

Después de conocer todo lo que está implícito en una simple camiseta, ¿no os pararíais a mirar un poco más que es lo que lleváis puesto?

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