Breeching: de niño a hombre

Una niña pasa a ser mujer (que expresión tan fea), cuando más o menos todos sabemos. Pero, ¿y un niño? ¿Cuándo pasa a ser un hombre? En algunas tradiciones religiosas este paso se celebra con una ceremonia. Tribus en cualquier lugar conservan este tipo de ceremonia que marca la transición de la niñez a la madurez. Si las chicas nos tenemos que conformar con cantar “I’m not a girl, not yet a woman” de Britney Spears mientras nos retorcemos del dolor y contemplamos asustadas el retrete, los chicos festejan este momento remarcando su masculinidad de todas las formas posibles. Si las niñas ocultan esta transición, los niños la exhiben como pavos reales.

El método que más relaciona moda con esta celebración de niño a hombre es el conocido como “breeching”. Breeching, una palabra inglesa que procede de breeches, calzones, se podría traducir como “encalzonamiento” o “calzonada”. En realidad no hay una palabra en español que tenga el mismo significado que la inglesa, así que podéis crear vosotros mismos la palabra. El breeching consistía en el momento en el que al niño se le vestía por primera vez con pantalones.

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Se considera que el breeching se realizaba ya en el siglo XVI, si bien no es hasta el siglo XVII cuando encontramos los primeros documentos que hablen de esta tradición.

Entre los cuatro y ocho años todos los niños, que hasta entonces habían vivido en un mundo más bien femenino, rodeados de sus madres, hermanas y niñeras, pasaban a formar parte del mundo de los hombres. Muchas madres intentaban postergar este momento lo máximo posible, pues significaba la pérdida de su hijo. Tenían que entregar al niño, cortarle el pelo, hasta entonces largo y vestirle con pantalones, para que su madurez comenzase. Dejaban atrás a sus hermanas, compañeras de juego, a sus vestidos, a esa libertad propia de la infancia. Por el otro lado, los padres insistían para que el breeching se realizase lo antes posible.

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La ceremonia del breeching era un gran acontecimiento, en especial si el niño era el primogénito. Las madres tardaban semanas en prepararlas, decidiendo el menú más adecuado, generalmente tartas y té, para servir mientras el niño, en otra habitación era cambiado de ropa. Tras haber sido vestido, aparecía de nuevo ante sus invitados. Como la puerta de Noche de Estrellas, pero sin humo y sin Bertín Osborne esperándote fuera.

Es normal para nuestros ojos modernos ver un cuadro del siglo XVIII y pensar que esa madre que aparece retratada está rodeada de niñas, cuando lo más probable es que haya también niños. Y es que hasta el momento del breeching niños y niñas vestían igual, no como ocurre en la actualidad. Tanto niños como niñas llevaban el mismo tipo de prendas, el pelo largo. Lo único que nos sirve de referencia para saber si el personaje retratado es un niño o una niña es la presencia de joyas. Estas eran de uso femenino, por lo que si el infante representado las lleva, será una niña. Esto no significa que todo aquel niño que no lleve joyas será un niño, pues hay representaciones pictóricas de niñas que no llevan joyas. En el caso de los retratos reales, por ser este el grupo que más se ha retratado, es interesante ver la evolución del niño a través de sus prendas. Así en su más tierna infancia le veremos vestido del mismo modo que las niñas que le acompañan, para al cuadro siguiente, verle ya vestido con calzones. Lo más seguro es que, además, para remarcar este paso de niño a hombre, sea retratado con objetos típicos masculinos.

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Tras la publicación del trabajo de Jean- Jacues Rousseau, Emilio o de la educación, el concepto de infancia se tuvo más en cuenta.

Los miembros de un cuerpo que crece deben hallarse desahogados dentro del vestido; nada debe entorpecer sus movimientos ni su crecimiento, nada demasiado justo, ni pegado al cuerpo, ninguna ligadura. El vestido francés es incómodo e insano para los hombres y es sobre todo pernicioso para los niños. Los humores se paran y estancan sin poder circular con el sosiego aumentado por la vida inactiva y sedentaria, se corrompen y dan lugar al escorbuto, una enfermedad que cada día se extiende más entre nosotros y que apenas conocían los antiguos, porque su modo de vestir y vivir los preservaba de ella. Lejos de poner remedio a este inconveniente, el traje usual lo aumenta, y por quitar a los niños algunas ligaduras, les aprieta todo el cuerpo. Lo mejor es que usen blusa el mayor tiempo posible, darles luego vestidos muy anchos y no empeñarse en que lleven el traje ajustado, lo cual sólo sirve para desfigurarlo. Sus defectos de cuerpo y alma provienen casi todos de una misma causa, el querer que sean hombres antes de tiempo. Existen colores alegres y colores tristes; los alegres les gustan más a los niños, e igualmente les sientan mejor, por lo que no veo la razón que impida seguir en esto lo que naturalmente les conviene; pero desde el mismo instante que prefieren un tejido porque es rico, ya está entregado su corazón al lujo, a las fantasías de la opinión, y este gusto no procede seguramente de ellos mismos. No es posible decir cuánto influye en la educación la elección de los vestidos y los motivos para escogerlos.

Los niños pequeños ya no eran trozos de carne a la espera de cumplir cierta edad para poder ponerse pantalones y ser considerados humanos. Eran futuros adultos ya había que prepararlos para ellos. La ceremonia del breeching se realiza entonces antes, sobre los tres años, pero el paso de la niñez a la madurez ya no es tan de golpe. Si, se viste a los niños con pantalones, pero no con copias exactas de los trajes adultos. La prenda que llevarán será una especie de peto con mangas, como un mono, pero en plan elegante. De esta forma no se coartará el movimiento infantil, pero sin perder el estilo. Será una de las primeras prendas creadas exclusivamente para los niños.


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La tradición del breeching desaparece a comienzos del siglo XX. Uno de los pocos resquicios que quedan de esta ceremonia lo podemos encontrar en la clase alta inglesa. El mejor ejemplo lo vemos con el Príncipe Jorge: hasta que cumpla los ocho años, el Príncipe llevará pantalones cortos. Entonces, pasará a usar pantalones largos, por ser ya “mayor”. En España algo similar ocurría en los años sesenta y setenta. Solo tenéis que coger alguna foto de vuestros padres o tíos, para verles con pantalones cortos cortísimos en pleno diciembre. Y de repente, pantalones largos. Porque ya son adultos.

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Fuente Imágenes
Wikimedia
Jane Austen World
US Magazine

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